La madre de todos los escándalos: ¡música gratis en la radio!

Ya se sabe que si algo funciona, más vale no tocarlo, así que las multis y la SGAE seguirán negando la realidad y atricherándose detrás del modelo de negocio que les hizo de oro en el pasado. Al menos, hasta que llegue el día en que no puedan pagar el alquiler. Hemos visto en este su web como, por el momento, se obstinan en cerrarse en banda y prefieren no explorar vías alternativas de financiación; tratan de aferrarse a productos magníficos pero obsoletos y en sus predicciones sólo son capaces de anticipar futuros apocalípiticos que dejan en ridículo a los del Nuevo Testamento. Lo grave del asunto es que no es la primera vez que los árboles no les dejan ver el bosque.

Con cien canciones por banda...

Con cien canciones por banda...

En los años sesenta ya hubo precedentes de la ceguera generalizada que asuela a las casas de discos en la actualidad. Por entonces, la BBC británica era la única cadena de radio en Inglaterra y dedicaba tan sólo dos horas de su programación a la música. Como de costumbre, las disqueras estaban encantadas con ese panorama, porque, si la música fuera difundida de forma gratuita durante las 24 horas del día a cualquier hogar en el que hubiera un receptor, ¿quién iba a querer gastarse unas libras en comprar un disco? Les parecía absurdo que nadie fuera a pagar dinero por un álbum concreto si podía escuchar canciones sin sacar la cartera. “Canciones”, así, en abstracto. ¿Para que iba a querer un aficionado comprarse un disco de The Flaming Lips si en Cadena Dial ponen música y, además, en castellano? El planteamiento no se sostiene por absurdo, pero era el predominante entre la industria.

Fue entonces cuando unos pirados detectaron un vacío legal existente del que podrían aprovecharse. Nadie podía montar una radio sobre suelo inglés y utilizarla para difundir música sin parones, pero ¿qué pasaba si la emisora estaba en aguas internacionales? Así que, de un modo impune, Radio Caroline comenzó a emitir desde un buque cercano a la costa de Suffolk en la Semana Santa de 1964. Hasta que las autoridades se incautaron de los dos barcos de la emisora pirata pasaron cuatro años, pero, para ese momento, la primera radio musical de la historia ya contaba con varios millones de oyentes.

En teoría, el modelo de negocio defendido por la industria debería haber sido dinamitado por el éxito de esta radio, pero, lejos de ello, la aparición de las emisoras estrictamente musicales supuso todo lo contrario. El público se aficionó todavía más a la música y, justo al revés de lo que vaticinaban los agoreros, muy pronto quiso comprar los discos en los que aparecían las canciones que más le gustaban. El negocio había cambiado radicalmente, pero el crecimiento exponencial del gusto popular por la música supuso que la industria se hartase de contar billetes durante los siguientes cuarenta años.

Firmado: Ander de Brich

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